Parado sobre el piso de tierra de la cocina de Reynalda Torres veo unas moscas que bailan en círculos en medio de la habitación. Por una ventana entra la luz de la mañana que alumbra el humo de la estufa de leña que cubre lentamente toda la cocina en busca de una salida. Mientras tanto, Reynalda toma un poco de cilantro con su mano y lo echa en el caldo al tiempo que mueve el brazo siguiendo la forma de una cruz y murmura unas palabras que no logro entender. Reynalda Torres tiene 83 años, no tiene celular ni teléfono fijo y vive sola en la vereda de San Sebastián, parte del municipio de Somondoco, Boyacá. Las papas del caldo las sacamos de una plantación detrás de la casa de Reynalda en la que también hay maíz y arracacha. Ella hace parte del 77% de los somondocanos que cultivan exclusivamente para consumo propio. Mientras la acompaño a desenterrar la papa, Reynalda me cuenta que se casó de 22 años con un hombre de 63, según ella, porque estaba cansada de la orfandad y de tener una vida algo incierta. “ Le tuve mucho miedo” dice sobre su marido mientras limpia una papa y la tira al balde. Entonces interrumpe un instante su labor y dice: “ Era un hombre machista, que en paz descanse, pero me aporriaba. De sobremesa siempre me insultaba. Y una vez me arrastró de las mechas desde allá arriba” dice, señalando hacia donde están las vacas que su hija Carmen —una de las dos que aún viven en Somondoco— ordeña cada mañana. Además de la leche y de lo que produce el sembrado, Reynalda se alimenta de los huevos que le dan las gallinas. El resto lo compra con la plata que le mandan los cinco hijos que tiene en Bogotá. Reynalda se cubre el pelo blanco con un sombrero de fieltro color café desteñido del que sobresale una pluma roja a un costado. Luego de volver del sembrado, se sienta en una butaca de madera y se soba las pantorrillas de arriba a abajo hasta llegar a los tobillos: los zapatos son de un color azul oscuro embarrado.


—¿Qué le pasa en las piernas, Doña Reynalda? —pregunta Daniella Díaz, una estudiante de Ingeniería Biomédica que me acompaña.—Ay, mijita. La tarde anterior subimos con Reynalda a alimentar a las vacas: está apunto de oscurecer y el viento empieza a soplar con fuerza mientras los animales se impacientan esperando las tusas de las mazorcas, las cascaras de las papas y las auyamas y la piel espinosa de las guatilas: todo lo que sobró del almuerzo. Cada cinco o diez pasos Reynalda para a tomar aire y a descansar las piernas: hace un par de años le hicieron un trasplante de rodillas. Todas las tardes sube la colina para alimentar a sus 3 vacas. Mientras un ternero corre de un lado a otro de la colina, llega Carmen a saludar a su madre. Venía de la cabecera municipal, a pie, por un atajo que llaman el desecho. A paso bogotano, hasta la casa de Reynalda deben ser unas 3 horas: los locales tardan la mitad. Después de que todas las vacas han comido y mientras tomamos café con leche y nata, Carmen sale de la cocina y se para mirando hacia el cerro de Somondoco: —¿Qué dijo, Carmen? —le pregunta Reynalda. Carmen, sin dejar de mirar hacia afuera, dice que se tiene que ir. —No se vaya —responde arrastrando la voz. La hija insiste porque no ha ido a la casa y su hijo —uno de los 30 nietos que tiene Reynalda Torres y el único de los hijos de Carmen que aún vive en Somondoco— ya debió haber vuelto del colegio. —Ay, china. Ahí verá si se come un bocaito. Carmen se voltea y se para bajo el marco de la puerta de la cocina e insiste en que ya almorzó y en que debe ir a casa. La hija de Reynalda también lleva un sombrero café y, en vez de zapatos embarrados, calza botas pantaneras. Debe tener unos 50 años. Reynalda le hace prometer que va a volver más tarde. Carmen le dice que mañana. —Ay no, hoy —se queja Reynalda— y conversamos aquí un ratito. Dos horas más tarde Carmen vuelve a tomar agua de panela.

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