Que alegría que entendiéramos de una vez por todas que más allá de los papeles, la jurisprudencia y los libros está el desarrollo económico, que como ya nos decía Pablo VI, es el nuevo nombre de la paz.  

Dos son las cosas que tiene que hacer el Estado para que la gente pueda vivir en libertad: proveer seguridad e impartir justicia. Esta manía contemporánea por un Estado que es al mismo tiempo ángel de la guarda, que nos protege de todos los males y hada madrina, que ha de concedernos todos los bienes, no es más que una ilusión que poco o nada aporta a su verdadera labor. Con esto en mente, este artículo trata de compartir una experiencia personal: haber sido testigo de la firma de los acuerdos desde San Teodoro, en Primavera-Vichada. No se trata de sentar una posición frente a la difícil coyuntura que afronta el país por cuenta de un acuerdo que pretendían refrendar con la misma cantidad de personas que votaron en su hora por el Frente Nacional, sino como una reflexión de algo que ya sabemos: “el desarrollo económico es el nuevo nombre de La Paz”.  

San Teodoro es un corregimiento del Municipio de Primavera que pasó de ser un epicentro de narcotráfico, violencia, prostitución e inmoralidad a un bastión del desarrollo sostenible. Una vez los cultivos ilícitos fueron erradicados, la gente se vio obligada a migrar o a buscar una actividad legal. En este proceso, que tiene bastante camino por delante, la inversión ha sido la gran protagonista y los benefactores no son políticos, que a duras penas aparecen por allá, sino inversionistas privados que tomaron la determinación de construir país con su capital, no con su Facebook.  

Es esperanzador ver a los inversionistas ponerse la 10 por la paz de este país. Ellos, como nadie, saben que la capacidad de los negocios bien hechos para llevar vigor económico, político y social, a una región jamás serán comparables al pobre impacto del asistencialismo estatal tipo hada madrina. Los Fondos de Capital Privado, o “la empresa” como los llaman sus habitantes, trajeron consigo el empleo formal, la asistencia técnica y los primeros visos de Estado de Derecho, al punto de construir la Estación de Policía. Confieso que fue impactante ver que, en un día histórico, como el lunes 26 de septiembre, no hubiese un solo televisor prendido para presenciar la firma de los acuerdos. Que los profesores de “La Misión” estuviesen más pendientes del partido de los muchachos que de los discursos en la Heroica. Que Don Luis, jefe del resguardo indígena, afirmara vehementemente que “aquí el Estado es la Empresa, que son los únicos que se preocupan por lo que pasa con nosotros”. Que los desmovilizados que allí trabajan estuvieran escuchando en su radio música y no discursos. Es una prueba fehaciente de que detrás del desarrollo económico llega todo lo demás.  

No pretendo demeritar el trabajo de los negociadores en La Habana, pero sí hacer una crítica concreta a lo que vi en mi news feed al llegar. Mientras todos pontificaban en su wall, alardeaban con banderas y abrazos, y hasta reclamaban un festivo en septiembre, quienes en verdad sufrieron la guerra y las masacres estaban tranquilos, pendientes de su trabajo, de su partido de fútbol y felices de que “la empresa” estuviera allí para quedarse. Qué dicha que el mismo ahínco que se vio en la celebración fuera el mismo con el cual sus familias invierten en las regiones que tanto quieren “proteger”. Que alegría que entendiéramos de una vez por todas que más allá de los “derechos”, la jurisprudencia y los acuerdos está el desarrollo económico, que como ya nos decía Pablo VI, es el nuevo nombre de La Paz.  

Coda: En el plebiscito, en los municipios de Primavera y Santa Rosalía, donde hoy hay empresa privada y la guerrilla no asoma, ganó el NO. Una señal más clara sobre el camino a la verdadera paz estable y duradera no consiguen.  

Fuente: Dinero

Manuel Antonio Giraldo Nauffal 

ma.giraldo273@uniandes.edu.co  

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