Muchas instituciones de nuestra sociedad parecen naturales como si nunca hubieran cambiado, pero, sobre todo, que nunca van a cambiar. La mayoría de las personas que leen esto piensan que la democracia y el Estado son construcciones sociales legítimas en nuestra sociedad: el orden “natural” de las cosas. Muchos lo ven así, y tendrán alguna opinión sobre lo bien o lo mal que “están las cosas”, problemas sobre la pobreza, la desigualdad, la violencia o hasta la economía. Sin embargo es impensable un presente muy alejado del que ya vivimos y seguiría siendo así sin ejemplos de sociedades con otros sistemas de organización. Las ciencias sociales permiten desnaturalizar el cómo nos relacionamos con los demás y con el entorno en que vivimos, es por esto que son importantes para nosotros. En una de estas, la antropología, hay ejemplos ilustradores sobre estas diferentes formas de organización social que en mi caso personal han resultado de gran interés para pensar mi día a día.

En la teoría clásica se han dividido a las sociedades en sociedades estatales y no-estatales, estas últimas siempre calificadas por lo que no tienen en comparación con las primeras y no de manera afirmativa. Sin embargo, tal como existen muchas formas de las sociedades estatales que bien conocemos, el estudio de las otras ha tenido gran impacto en la disciplina antropológica desde los años 70. Uno de estos estudios es del francés Pierre Clastres y presenta a la sociedad guayakí, dividida en muchas lenguas y extendida a lo largo del continente suramericano. Clastres afirma que las sociedades sin estado tienen algo en común y es la no división de la sociedad en dominadores y dominados. Esto se ha interpretado en las teorías clásicas desde una perspectiva evolucionista, como si esto fuera una etapa anterior a la institucionalización y al poder político. No obstante una nueva interpretación las ve como sociedades desarrolladas y con un sistema de organización diferente. Son sociedades igualitarias es decir no existe jerarquización al interior, no hay dominadores y no hay dominados. Si bien existen líderes, estos no tienen poder, solo canalizan los deseos del pueblo y les genera estatus. Este líder tiene una deuda con la sociedad y no al revés. Los líderes son los que más deben trabajar y son los que más deben dar.

Para lograr perpetuar esta igualdad existen varios mecanismos. En primer lugar, esta igualdad, su pueblo, se marca en el cuerpo por medio de pintura, escarificación y tatuajes. En segundo lugar, la acumulación se castiga, las riquezas que se adquieren son rápidamente absorbidas por los demás a modo de redistribución. El poder está entonces en la comunidad y no en algunas personas, nadie tiene el mando sobre nadie. Asimismo, el equilibrio al que llegan se basa en esta igualdad y por lo tanto hay una gran cohesión. Estas sociedades igualitarias siguen existiendo y aun en nuestra sociedad hay casos. Por ejemplo, las comunidades de paz o los resguardos indígenas.

El poder ha estado muy ligado al desarrollo histórico de nuestra sociedad como lo diría Marx; “la historia de la sociedad es la historia de la lucha de clases”. Así, los casos como los guayakí no tendrían historia, pero Clastres lo concibe de otra manera, él dice que “la historia de las sociedades-no-estatales es la historia de la lucha contra el estado”. Este estado es concebido como el desarrollo de relaciones desiguales de poder, de jerarquía. El estudio de este tipo de sociedades cuenta con numerosas investigaciones. Desde mi punto de vista, conocer la diversidad da, por lo menos, perspectiva sobre la realidad en que vivimos y pueden ser ejemplos para afrontar problemas sociales o hasta de la cotidianidad desde otras perspectivas.

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