Uno de los aspectos más importantes en el ejercicio de la ciudadanía es tener la posibilidad de votar. Con dieciocho años recién cumplidos, puedo decir que me siento responsable de seguir, e informarme, acerca de las elecciones presidenciales y de senado de 2018, con tal de optar por la mejor opción. Pero, ¿piensan todas las personas que adquieren la mayoría de edad de la misma manera? Y más aún, ¿están los adolescentes de dieciséis años, en Colombia, listos para acudir a las urnas? El debate acerca de esta última cuestión ha estado en boca de todos, gracias a que se contempla dentro de la propuesta para la nueva reforma política. Evidentemente, cuenta con partidarios y detractores, que exponen argumentos de peso para admitir o descartar dicha propuesta, pero una conclusión al respecto esta por fuera del
panorama.

Fuente: La Nación

El propósito de toda reforma política es eliminar aquellas normas, contempladas en la
constitución, que impiden el desarrollo de algún sector, con el propósito de promover el bienestar colectivo. Entonces, ¿qué beneficios representa para el país el hecho de que los adolescentes puedan votar desde los dieciséis años? Para responder esta pregunta se pueden tener en cuenta los ejemplos de aquellos países que han disminuido la edad para poder votar, como Argentina, o los que han permitido la participación de los más jóvenes en decisiones sustantivas, como Escocia, con el fin de incentivar el interés de dicha población por cuestiones políticas. En Argentina, es evidente que la diferencia que hacen no es determinante, porque representan menos del 2% de la población habilitada para votar. Sin embargo, su participación es excepcionalmente alta (80% en las elecciones legislativas de 2013), e incluso supera la de aquellos que se encuentran entre los dieciocho y veinte años. Por otro lado, en Escocia, donde se permitió el voto desde los dieciséis años en el referendo independentista, la participación de los menores de edad fue del 75%, mucho mayor que la de las personas entre dieciocho y veintiún años, que fue del 54%. Además, los primeros fueron parte activa en el proceso y evidenciaron tener una opinión radicalmente diferente a la de las personas en rangos de edad mucho mayores. A tal punto que, del Álamo afirma que, de ser una nación menos longeva, hoy día sería independiente. Todo lo anterior lleva a inferir que, involucrar a la población más joven en el proceso electoral es un ejercicio pedagógico que promueve el fortalecimiento de la cultura política. Es decir, tener en cuenta los puntos de vista de los jóvenes, a pesar de no ser mayores de edad, dándoles un papel en las elecciones, puede generar una mayor motivación en este grupo para expresarse mediante el sufragio.

Ahora bien, ¿permitir a los jóvenes votar desde los dieciséis años, podría ser una estrategia útil para combatir la apatía política que existe en Colombia? Vivimos en un país donde, francamente, a la gente le interesa muy poco elegir responsablemente a sus gobernantes. Lo anterior se evidencia en los altos niveles de abstencionismo que han alcanzado incluso un 59% en elecciones presidenciales, de acuerdo con la Registraduría, y los recurrentes escándalos relacionados a la compra de votos, en poblaciones marginales y vulnerables. Sin duda alguna, es un fenómeno que debe combatirse con el fin de cumplir satisfactoriamente los objetivos de una democracia, y esto solo puede realizarse a través de la educación. Lo que me lleva al punto central: el proceso electoral va mucho más allá de la inscripción de la cédula y el acercamiento a las urnas, razón por la cual, sin importar la edad del votante, si este no cuenta con las herramientas y la libertad para realizar una decisión a conciencia, autónoma y
coherente con sus intereses, no sirve de nada a la democracia que ejerza su derecho al voto.
La discusión debe ser más profunda. Si se va a autorizar dicha medida, es indispensable que esta población no sea pasiva y desaproveche la oportunidad. Por lo tanto, la estrategia debe trascender y buscar involucrar a los adolescentes, para que ocurran hechos como los registrados en Escocia y Argentina, en donde son participativos y propositivos. Lograr el voto responsable por parte de las nuevas generaciones es el primer paso en el fortalecimiento de la democracia, a través del desarrollo de posturas críticas que aporten a la transformación del país.

Así como se aprende a caminar y a hablar, también se debe aprender a elegir nuestros dirigentes, por lo que, si la aprobación del voto a partir de los dieciséis años va acompañada de estrategias que fortalezcan y promuevan una cultura política participativa y coherente desde la adolescencia, bienvenida sea.

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