El Hay Festival, que nuestro país tiene la fortuna de albergar anualmente en Cartagena de Indias, es un auténtico espectáculo para toda persona interesada en la cultura. Conversatorios sobre literatura, economía, música, neurociencia y arte; conciertos de música clásica y homenajes a la salsa; encuentros con nobeles de literatura o con pensadores que están por revolucionar sus disciplinas, pero también encuentros con el talento artístico joven y local. El Hay Festival es derroche de cultura y, sobretodo, una oportunidad para elevar nuestra visión por encima de la cotidianidad y contemplar con orgullo e intriga las grandes conquistas humanas: el avance impetuoso del conocimiento y el embellecimiento del mundo a través de las artes. Fui por primera vez cuando tenía 16 años, en el 2013, y desde entonces no he faltado año alguno: cada enero, el Festival ha sido el empujón anímico que me insta a comenzar un nuevo año de lectura y de emoción por aprender.

En el Hay Festival de este año, sin embargo, hubo algo que me desencantó. Bastaba con echar una mirada alrededor de un evento cualquiera, o examinar quienes deambulaban las calles del centro cartagenero, para darse cuenta que el grueso de asistentes al festival estaba constituido por dos tipos sociales muy específicos: pululaban, por un lado, personas mayores de 60 años y, por otro lado, una manada de personas de la alta alcurnia cartagenera y del interior del país. ¿Jóvenes, estudiantes, profesores? Solo unos cuantos en cada evento. ¿Viejos trajeados de elegantes camisas de lino, esposas de ministros, Pombos, Lequericas y Santos? Por doquier. Resulta, a mi parecer, sumamente problemática esta distribución en la asistencia al festival: ¿No deberían ser los jóvenes, en plena etapa de formación y de descubrimiento, los que asistan a uno de los eventos de más alto calibre cultural en el país? O si nos vamos a las raíces del asunto ¿por qué es mucho más probable sentarse al lado de un jubilado (en una charla un viejo se quedó dormido sobre mi hombro) que al lado de un veinteañero?

Estas preguntas nos remiten a una cuestión mucho más amplia. Para entender por qué ciertos grupos de población asisten más al festival, es necesario comprender cuáles son las variables que determinan los niveles de consumo de bienes como los libros, los conciertos y las obras de teatro . O en otras palabras, hace falta entender cuáles son los móviles que instan a un individuo particular a consumir bienes culturales. En la conversación cotidiana, nuestras respuestas a este tipo de cuestiones suelen ser bastante limitadas. En la mayoría de los casos, por ejemplo, asumimos que las personas que leen muchos libros lo hacen por una disposición personal o espiritual—que a veces es considerada innata—por adquirir nuevo conocimiento. O creemos que quienes asisten a teatro lo hacen porque son más sensibles a las experiencias estéticas. Es importante notar lo truncado de estos argumentos: si recordamos que hubo estadios históricos en que la lectura estaba vedada a las mujeres, entonces resulta improcedente el argumento de que los hombres leían más libros porque tenían una mayor disposición espiritual al conocimiento. O para el segundo ejemplo, postular que quienes van a teatro tienen un sentido estético más desarrollado es obviar que los niveles de precio de una boleta de teatro, en algunos países, son inaccesibles para el grueso de la población. De esta manera, nos damos cuenta que para explicar por qué me crucé con tan pocos jóvenes en el Hay Festival de este año, no bastan argumentos desarrollados en un par de minutos: el consumo de bienes culturales es una cuestión compleja, y merece rigurosidad.

Una floreciente área de estudio de la economía—cultural economics—se preocupa por las preguntas que hasta aquí he intentado plantear. Los diversos trabajos en esta área, muchos de una altísima sofisticación, intentan entender la organización económica del sector cultural y el comportamiento de los oferentes y consumidores de ese sector. En el caso del consumo de bienes culturales, la economía cultural parte de una premisa: como los bienes en cuestión se transan en un mercado, su consumo ha de estar parcialmente determinado por las condiciones de la vida material de las personas, y en ese sentido es susceptible de ser analizado utilizando herramientas del análisis económico. Así, pues, una interesante aproximación al consumo de eventos como los ofrecidos por el Hay Festival entiende que el problema que enfrentan los individuos a la hora tomar decisiones de compra no dista mucho del clásico problema de la teoría del consumidor: dadas sus preferencias y deseos, los individuos toman decisiones de consumo que intentan maximizar su felicidad teniendo en cuenta las restricciones presupuestarias que enfrentan.

Desde esta aproximación, surgen dos preguntas microeconómicas importantes: la primera, tiene que ver con la cuestión de cómo los consumidores forman sus preferencias. En nuestro caso particular, se torna importante entender por qué y a través de qué mecanismos un individuo particular desarrolla algo así como un “gusto” por bienes culturales. En la literatura de cultural economics, varias investigaciones intentan dar respuesta a estas preguntas: the habit formation theory, por ejemplo, aplicada por Houthakker y Taylor en 1990 para investigar las dinámicas de consumo de bienes culturales en EEUU, plantea que hay una relación intertemporal entre las preferencias de los individuos: en el presente, la felicidad que un individuo deriva de consumir un bien cultural depende de cuánto haya consumido de ese bien en el pasado. En términos económicos, esto significa que la utilidad marginal de consumir bienes culturales en un periodo dado está afectada en alguna medida por el consumo cultural en periodos preliminares. Por motivos como este, según Houthakker y Taylor, si seleccionamos aleatoriamente un asistente a un evento de artes escénicas en Estados Unidos , hay una alta probabilidad de que ese individuo haya sido un “consumidor cultural” durante su niñez: el consumo pasado realimenta nuestras preferencias presentes, y por lo tanto juegan un papel a la hora de determinar nuestras decisiones de compra.

Para explicar este mecanismo de realimentación intertemporal, Zanardi desarrolla el concepto de “capital cultural”. Según su aproximación, los individuos derivan utilidad del consumo cultural usualmente en formas que se pueden transferir a través de periodos temporales. La utilidad que se deriva de leer un libro no se agota en el momento de la lectura, pues el conocimiento y el aprendizaje tienen la característica de perdurar a través del tiempo. En cierta manera, pues, tenemos la capacidad de acumular la utilidad derivada de consumir bienes culturales. En consecuencia, nuestro “capital cultural” es el agregado de utilidad que el consumo cultural nos ha proporcionado a través de la vida. El postulado de Zanardi, entonces, consiste en que el consumo pasado de bienes culturales afecta las preferencias presentes a través de la acumulación de capital cultural: los distintos conocimientos y aprendizajes que nos han dado todos los libros que hemos leído en la vida hacen que nos aproximemos de una manera particular (en términos de propensión al consumo y de previsión de utilidad futura) al próximo libro que consideramos comprar.

Como las de Houthakker y Zanardi, existe una variedad de aproximaciones que intenta entender—usando argumentos propios la economía y, en particular, de la teoría del consumidor—la manera en que las personas desarrollan una cierta propensión a consumir bienes culturales. Pero para poder aproximarnos al problema del consumo cultural de la misma manera en que nos aproximamos al problema clásico de la teoría del consumidor, todavía hay una segunda cuestión que resolver. En el análisis económico convencional, se parte de la idea de que los agentes económicos toman decisiones optimizadoras: es decir, decisiones que van a maximizar su nivel de felicidad. Sin embargo, los agentes enfrentan restricciones que limitan su conjunto de decisiones posibles. En el caso de los consumidores, ese conjunto se limita por virtud de sus restricciones de presupuesto: puede que mi felicidad se maximice asistiendo a todos los festivales culturales que hay anualmente en Cartagena—el Hay Festival, el FICCI y el Festival de música—pero tengo que tener en cuenta que mi presupuesto es limitado y que solo alcanza para ir a uno de los tres festivales. Así pues, además de comprender cómo se forman las preferencias de un individuo, es importante entender cómo su restricción de presupuesto afecta las decisiones de compra que va a tomar.

Fuente: Cartagena Convention Bureau

Para esto, debemos responder preguntas del siguiente talante: ¿Qué pasa, por ejemplo, con las decisiones de compra de un individuo cuando el precio de los libros baja? ¿Leerá más libros o su demanda por el bien se mantendrá igual? O alternativamente, ¿decidiría un individuo particular comprar boletos para el Hay Festival si ahora tiene un nivel de ingreso más elevado? Estas preguntas nos remiten a dos conceptos microeconómicos esenciales: la elasticidad-precio de la demanda y la elasticidad-ingreso de la demanda, que miden cómo responde la demanda por un bien ante cambios en su precio y en el ingreso de los consumidores, respectivamente. Algunos estudios se han preocupado por estas cuestiones: En “The Elasticity of Demand for Books”, Bittlingmayer hace estimaciones econométricas para indagar cómo los precios de los libros afectan los niveles de lectura: su conclusión es que los libros tienen una elasticidad-precio de la demanda de 1.3 en el mercado estadounidense; es decir, que los precios tienen un efecto moderado—pero no inexistente—a la hora de determinar la demanda de libros. Por otra parte, en “The demand for books estimated by means of consumer survey data”, Løyland concluye que los noruegos de la categoría de altos ingresos tienen una propensión marginal a consumir libros 20% mayor que la de noruegos en la categoría de ingresos promedio. Según sus estimaciones, pues, el nivel de ingresos de las personas puede ser un determinante importante de sus niveles de consumo cultural.

Así, una vez hayamos respondido las preguntas relativas a cómo se forman las preferencias culturales de los individuos y cómo las restricciones presupuestarias afectan sus decisiones económicas, tendríamos listo un típico “laboratorio” de teoría del consumidor que nos permitiría estudiar a profundidad las dinámicas de consumo cultural. Este laboratorio, por ejemplo, podría ayudarme a entender por qué en el Hay Festival pululan ancianos y personas de la alta alcurnia colombiana, y no jóvenes y profesores de colegios y universidades. A un elaborador de política cultural también le sería de utilidad: le podría ayudar a comprender por qué los recursos que el distrito de Cartagena invierte en el Festival (cuya razón de ser es, en principio, democratizar la cultura y el conocimiento) terminan siendo drenados por grupos de población tan limitados. Por supuesto, en estas páginas no hemos tenido la pretensión de responder las preguntas para poder armar ese laboratorio: nos hemos limitado, meramente, a mostrar algunas aproximaciones que se han hecho en la literatura sobre el tema y a intentar mostrar su utilidad a la hora de explicar las dinámicas de consumo de bienes culturales. Sin embargo, la lección que nos dejan estas líneas es, a mi modo de ver, reconfortante. Nos permiten darnos cuenta que la economía, descartada por algunos de lo que se considera como “ciencia social”, es útil a la hora de estudiar problemas profundamente humanos. La cultura, según ciertas teorías antropológicas, es uno de los rasgos distintivos de la especie humana, y aquí nos hemos encargado de mostrar que hay herramientas propias del análisis económico que nos sirven para entender la manera en que nos aproximamos a ella.

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