Solo unas hora nos separan a los uniandinos del nuevo semestre académico. Yo, por mi parte, estoy a las puertas de comenzar mi quinto semestre de Economía, y espero ya ansioso (un ansia que es una extraña combinación de miedo y expectativa) el comienzo de clases. Ahora bien, antes de dejar atrás las vacaciones y antes de que las vivencias de mi cuarto semestre se disipen en el recuerdo, quisiera poner por escrito una de las reflexiones que más ocuparon mi mente durante el primer semestre académico del 2017. A ello dedico las siguientes líneas.

En cuarto semestre, en la Universidad de los Andes, un economista en formación debe ver las asignaturas de Econometría, Microeconomía 3, Macroeconomía 2 y Métodos matemáticos para economistas. Para mí, tomar estos cursos fue transformador: más que permitirme acumular un conjunto de conocimientos, me ayudaron a forjar una estructura de pensamiento y una forma de entender los problemas. En cierta manera, transformaron mi visión del mundo. De los distintos aprendizajes que adquirí, hubo uno que agudizó y profundizó mi entendimiento como ningún otro, a saber: el concepto de intertemporalidad, la noción de que las decisiones que toman los agentes económicos tienen una naturaleza dinámica, la simple pero esclarecedora idea de que de que no solo importa el presente.

Fuente: Transformando el Infierno

En cualquier curso de introducción a la microeconomía, por ejemplo, se estudia el problema elemental de la teoría del consumidor: la encrucijada que enfrenta un individuo que, queriendo llegar a su nivel más alto de felicidad a través de la compra de bienes y servicios, se ve limitado por sus restricciones de presupuesto. A grandes rasgos, pues, lo que la teoría de consumidor busca entender es la manera en que yo, Sergio, escogí hace un rato comprar el paquete de nueces (maní o macadamias) que me garantizara pasar una feliz mañana, teniendo en cuenta que sólo me alcanzaba para comprar uno de los dos. Ese tipo de análisis, sin embargo, padece de un gran problema: omite por completo que existe el futuro, la temporalidad, el cambio. Hace un rato, en el supermercado, decidí comprar unas macadamias que de hecho estaban muy apetitosas y me hicieron muy feliz por la mañana. Pero un paquete de macadamias es mucho más caro que uno de maní, lo que significa que me quedé sin comer un aperitivo por la tarde (algo que, contrario a elevar mi felicidad, me pone gruñón y de mala gana). Es de este tipo de situaciones que se desprenden dos máximas bastante conocidas y que, en últimas, dicen lo mismo: el consumo en el presente es sacrificio de consumo en el futuro o, análogamente, el ahorro en el presente posibilita el consumo en el futuro.

El valor para el análisis económico de estas consideraciones es muy grande: hace que los modelos económicos sean mucho más similares a una realidad de naturaleza dinámica. Pero la idea de que un agente económico puede tomar decisiones que afectan su felicidad en periodos temporales ulteriores, tiene implicaciones que van más allá de lo meramente económico. Para empezar, el carácter intertemporal de la decisión racional implica que el Sergio que escribe estas palabras, mi yo presente, está en una constante interacción con un Sergio del futuro. Cada peso que gasto hoy es un peso que no puedo gastar mañana, y en ese sentido tengo la capacidad de alterar las dinámicas de consumo de una persona que habita la más nebulosa e incierta tierra de todas: la nación del futuro. Pero la teoría económica, además, dice que el consumo de bienes y servicios proporciona una suerte de felicidad o bienestar (la famosa utilidad), lo que acarrea una idea que me parece incluso más interesante: como el consumo en el presente afecta el consumo del futuro, por consiguiente, la felicidad presente y futura están interrelacionadas de alguna manera. La alegría que sentimos en un momento dado—como me pasó a mí esta mañana con las macadamias—puede ir en detrimento (pero también a favor, no todo está perdido) de nuestra alegría en un momento ulterior. Y el corolario de esta afirmación es que, mientras nuestras vidas estén sujetas a las condiciones de la vida material, no somos seres que puedan desligarse de las vicisitudes del tiempo: es sumamente peligroso, en cuanto puede afectar nuestra felicidad, omitir que a la vuelta de la esquina (o al acabar de leer esta palabra) nos espera un mañana. Al reflexionar sobre esto he recordado las palabras de un poeta inglés del siglo XIX, Josiah Gilbert Holland, que leí cuando estaba en el bachillerato:

“We will add a thousand fold to the happiness of the present in the fearlessness of the future which it brings”

En ellas, Gilbert nos invita a poner toda nuestro fervor en la felicidad del presente. Nos invita a “vivir el hoy”, como tanto se escucha por ahí. Pero el poeta no omite que poner nuestros ojos solamente en la felicidad del presente podría desencadenar un futuro que podríamos temer. Nos insta a no tenerle miedo a ese futuro, es cierto, pero reconoce su existencia. Es así como el poeta, con su clarividencia artística, entiende lo que yo he intentado decir desde una perspectiva económica: la felicidad del ayer (en cuanto alguna vez fue futuro y también presente), del hoy y del mañana están en una profunda interacción. Ahora bien, esto nos postula una pregunta que—a mi modo de ver—no es en lo absoluto trivial:

¿cómo es posible que cosas que no coexisten temporalmente entren en interacción? O dicho de otra forma: ¿cómo es posible que la felicidad del Sergio pasado y la del Sergio futuro interactúen?

En términos económicos, esto es posible debido a algo que explicaré de manera más o menos formal: la restricción de presupuesto de un individuo en el periodo t+1 (el futuro) está compuesta por el ingreso de un individuo en ese periodo, pero también por lo que el individuo dejó de gastar en el periodo t (el presente), lo que genera una suerte de ligazón intertemporal. Pero en realidad, esta respuesta tiene un trasfondo filosófico: el pasado, el presente y el futuro pueden interactuar sin la necesidad de coexistir por el hecho de que la vida (el mundo, el universo) es una concatenación infinita de causas y efectos. Se trata de una implacable ley de la naturaleza: todo hecho—por más banal que se crea—es el efecto de una causa pasada y, a su vez, ese hecho también será la causa de un efecto futuro. Es de esta manera, pues, como es posible que un Sergio presente interactúe con un Sergio del futuro: por virtud del hilo conductor de la causalidad.

Dada la posibilidad de esta interacción intertemporal, es evidente que la teoría del consumidor se quedaría corta si afirmara que un agente económico racional busca maximizar su utilidad simplemente en el presente. Por tanto, la teoría de consumidor entiende que la verdadera racionalidad de un individuo consiste en intentar maximizar de manera conjunta su utilidad en el presente así como su utilidad en periodos ulteriores. Si soy verdaderamente racional, no he de hacer simplemente lo que me hace feliz hoy: trataré también procurar mi felicidad del mañana. Pero creo que en términos filosóficos esta manera de entender la conducta optimizadora de un individuo tiene problemas. Afirmar que yo soy capaz de maximizar mi felicidad del futuro implica que conozco cómo seré en el mañana; es decir, que conozco de manera precisa cómo serán mis preferencias. Pero ya Heráclito de Éfeso, hace dos mil quinientos años, sabía que esto era mucho pedir:

“En los mismos ríos entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos”.

El ser humano (y el universo) está en una constante transformación, por lo que el Sergio del mañana es en realidad un hombre desconocido y ajeno para mí. ¿Cómo he de maximizar su felicidad, si cada vez que intento precisarlo me esquiva la mirada? ¿Cómo he de hacer feliz a alguien que no conozco y que aún no existe? Y he ahí un gran problema en la teoría del consumidor: supone que las funciones de utilidad son la mismas a través del tiempo, que no cambiamos, que siempre somos los mismos.

Pero en realidad, como dijo Octavio Paz, somos hijos del tiempo. Somos seres temporales, sujetos al cambio constante. Y aunque la teoría del consumidor omita ese detalle, me ha parecido enriquecedor poder pensar que la microeconomía nos da pie para reflexionar acerca de algo que es tan importante para el ser humano: la felicidad a través del tiempo, a través de nuestras vidas. Por supuesto, reconozco que en estas líneas he utilizado el concepto de “utilidad” y de “felicidad” de manera intercambiable. Sé que no son lo mismo. Sé que el dominio de la utilidad—la felicidad que nos da la compra de bienes y servicios—es apenas una pequeña parcela en las tierras insondables de la felicidad. Entiendo que esto pudo haber sido molesto al leer mis palabras, pero creo también que todo intento de definir qué es la felicidad será siempre trunco. Con todo, me ha parecido bello (y puede que esta belleza sea llanamente la percepción de un ilusionado economista en formación) poder recordar, a través de la teoría del consumidor, una máxima que se nos ha enseñado desde pequeños: la de estar comprometidos con nuestro porvenir.

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