Especializarse en un tema, paradójicamente, es convertirse en ignorante del resto de disciplinas y saberes del amplio espectro del conocimiento humano. Por ello, uno de los grandes beneficios de estudiar en una Universidad—más allá de poder dedicarse al aprendizaje de aquello que nos apasiona—es estar en contacto permanente con personas de muchos y variados campos de conocimiento. En mis dos años de formación como economista, ha sido verdaderamente enriquecedor entablar conversaciones y discusiones con antropólogos, politólogos, biólogos y, en general, con estudiantes y profesores de la amplia gama de carreras de la Universidad de los Andes. Pero más enriquecedor, más desafiante, ha sido enfrentarme a las críticas que se hacen desde distintas disciplinas al pensamiento económico. Los científicos sociales, en particular, son férreos e implacables a la hora de criticar cuando les hablo sobre las cosas que aprendo en mis asignaturas: consideran un reduccionismo los principios económicos de racionalidad, y atacan nuestro afán por describir y entender el mundo a través de modelos matemáticos. Hace días, un amigo psicólogo lanzó una frase que me ha dejado pensando y que, en últimas, fue el detonante de esta reflexión:

“Es que Sergio, uno no puede intentar cuantificar lo que no es cuantificable: el porqué de las decisiones humanas, los móviles que llevan a las personas a actuar de tal o tal forma”

¿Acaso hacemos eso los economistas? ¿Reducimos cosas tan complejas como el ser humano y sus instituciones a lo que las estadísticas y modelos cuantitativos nos pueden decir sobre ellos?

La respuesta, sin lugar a dudas, es afirmativa. Nadie podrá negar, por ejemplo, que el principio sobre el que están fundados la mayoría de modelos microeconómicos—a saber: que los individuos tienen comportamientos maximizadores—es una simplificación de los procesos de toma decisiones. Ahora bien, está claro que esas simplificaciones nos permiten ver y entender ciertos aspectos de la realidad. Las palabras de Gregory Mankiw resumen muy bien la tradicional respuesta de los economistas al reproche de que entendemos el mundo a través de la simplista lupa del modelo matemático: “(los modelos) Son útiles porque nos ayudan a prescindir de los detalles irrelevantes y a fijarnos en las conexiones importantes”. La simplificación del modelaje, pues, es instrumental: una herramienta que ayuda al economista a aproximarse a la realidad económica. La reflexión a la que me llevó la afirmación de mi amigo psicólogo, sin embargo, me han llevado a creer que esa respuesta es insuficiente: el economista, es cierto, recurre a la simplificación porque le es útil, pero también recurre a ella por obligación, porque se encuentra ante una encrucijada a la que no se enfrentan muchas disciplinas.

Fuente: Panorama

Permítanme explicar (y esta explicación es mi respuesta a Marcos, mi amigo) lo que entiendo por encrucijada. El físico, por poner ejemplos, se dedica al estudio de las relaciones entre la materia, la energía, el tiempo y el espacio. Como sus objetos de estudio son fenómenos físicos, también lo son sus explicaciones: nadie aceptará que una teoría que busca explicar el funcionamiento de los agujeros negros, por ejemplo, tenga fundamentos esotéricos o metafísicos. El teólogo, por su parte, se dedica al estudio de la idea de Dios y la religión. Como sucede con el físico, hay una suerte de consistencia entre la naturaleza de los fenómenos estudiados y las teorías que buscan explicarlos: como el teólogo estudia cuestiones metafísicas, también sus explicaciones tienen un carácter metafísico. La idea de Dios, por ejemplo, se explica en términos del deseo de trascendencia del ser humano, en términos de sus miedos y pasiones. En otras palabras, es claro que a fenómenos de x naturaleza le corresponden explicaciones de x naturaleza.

La encrucijada a la que se enfrenta el economista es, precisamente, la negación de la última afirmación. Dada la naturaleza de su objeto de estudio—la economía—, el economista no encuentra una consistencia entre los fenómenos que estudia y las teorías que pueden explicarlos. La tasa de paro, la inflación, la producción de bienes y servicios, los niveles de consumo, son todos fenómenos que pueden medirse. Fenómenos materiales y susceptibles de ser captados por herramientas estadísticas y matemáticas. Pero los causas últimas, las causas que nos permiten entender el porqué de los fenómenos económicos, no son casi nunca materiales: los mercados, en el fondo, están constituidos por seres humanos que toman decisiones y llevan a cabo acciones individualizadas que—al agregarse—determinan los resultados económicos. Y es claro, como muy bien lo entienden los científicos sociales, que las decisiones y acciones humanas no tienen móviles exclusivamente materiales: el hombre es un inescrutable compuesto entre animalidad, moralidad y anhelo metafísico. La economía, así, resulta ser un sistema social supremamente extraño: tiene resultados cuantitativos (cuánto se consume, cuánto se produce) pero “building blocks” humanos, es decir, espirituales, animales y emocionales. No hay una consistencia absoluta, como existe en otras disciplinas, entre la naturaleza de los fenómenos estudiados y la de los pilares que constituyen el objeto de estudio.

¿Es deber del economista, pues, elaborar teorías que conecten y concilien en un solo marco conceptual los resultados materiales y medibles de la economía con sus fundamentos humanos? ¿Debe el economista ser un experto en estadística pero a su vez un experto en antropología y psicología? Resulta muy complicado: por un lado, hacen falta muchas vidas para abordar con excelencia tan amplio abanico de conocimiento; y por otro, puede que existan muchas limitaciones técnicas. ¿Cómo puede modelarse, por ejemplo, la arbitrariedad con que las personas tomamos decisiones? ¿O cómo se incluye en una función matemática variables no cuantitativas? Las simplificaciones que usan los economistas en sus modelos son instrumentales, como plantea Mankiw, pero debemos añadir que también son una manera de evadir estas dificultades. Son una ruta que le permite salirse—tal vez de manera insensata, pero le permite salirse al fin y al cabo—de la encrucijada a la que se enfrenta.

En este punto, por supuesto, la pregunta fundamental se convierte la de cómo enfrentar las dificultades y no evitarlas, es decir, cómo enfrentar la encrucijada de estudiar un sistema social de fenómenos materiales pero de pilares humanos. La naturaleza misma del problema que he intentado dilucidar contiene la respuesta que necesitamos: la ciencia económica, que ya se ha hecho experta en estudiar el plano cuantitativo y material, debe entrar en un profundo y enriquecedor diálogo con las ciencias sociales si existe realmente la aspiración de hacer estudios y elaborar teorías económicas que no sean truncados. Pero esto requiere, a su vez, entender que la economía también es una ciencia social y echar abajo las barreras que hemos construido entre ella y las demás disciplinas. Para esto, por un lado, se necesita que el economista deje de sentirse diferente por el simple hecho de usar métodos cuantitativos en sus estudios: aspirar exactitud no puede llevarnos a creer que son irrelevantes las cosas que un psicólogo o un antropólogo tienen para decirnos. O en palabras de Krugman, economista estadounidense: “one need not dismiss what one cannot measure”. Por otro lado, es necesario que los otros científicos sociales se den cuenta que criticar la ciencia económica, al fin y al cabo, es hacer autocrítica: los reduccionismos y las simplificaciones de la economía se deben, en alguna medida, a la falta de un espíritu de colaboración interdisciplinar del resto de científicos sociales… y también, por su puesto, de los economistas.

Las conversaciones con Marcos, mi amigo psicólogo, y la interacción entre estudiantes de distintas facultades son un paso adelante en ese sentido. Pero debemos aprovechar aún más el espacio de la Universidad para entablar un diálogo interdisciplinario y enriquecer nuestros estudios. Octavio Paz, poeta mexicano, dijo que las “civilizaciones no son fortalezas, son cruces de caminos”. Lo mismo debemos decir nosotros en torno a las distintas disciplinas: las Facultades y los departamentos de una Universidad no deben ser fortalezas, deben ser cruces de caminos, espacios de diálogo. Sólo en la medida en que logremos derribar las murallas que existen entre la economía y las demás ciencias sociales, podrá la economía seguir avanzando en su estudio de uno de los sistemas sociales más importantes para el hombre. Aquel donde se satisfacen, a través de una impresionante red de colaboración y compensaciones, las necesidades materiales de los seres humanos: el mercado.

 

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