Desde hace varias décadas nos encontramos en la era del concreto. A decir verdad, nos podemos describir como la especie del cemento y las construcciones en la tierra. Por donde quiera que vayamos se ven vías, puentes, túneles, fábricas, edificios, en fin. La presencia de estos, además, es un símbolo de desarrollo, tanto estética, como social, cultural y económicamente. Demuestra la capacidad de lo que aquella sociedad puede lograr.

Históricamente, Colombia no se ha caracterizado por ser un país de grandes obras (quizá todo lo contrario); ni siquiera en la época pre-colombina nuestros indígenas tenían punto de comparación con otras civilizaciones como la Azteca o Inca. Sin embargo, en los últimos años, Colombia se ha convertido en el nuevo potencial centro de rascacielos y construcciones de Latinoamérica. Como muestra representativa de este fenómeno se puede tomar a Bogotá. A lo largo y ancho de la ciudad se ven grúas, obreros e ingenieros desarrollando nuevos proyectos; en particular, en el centro de la ciudad se están desplegando las obras más grandes y prometedoras. Y es que ya se estaba haciendo tarde para hacer del centro el verdadero centro actual de la capital.

Según un artículo de Portafolio, en la zona se están construyendo 60.431 metros cuadrados. De estos, casi el 70% son proyectos de vivienda (Livinn, City U, Torre K, Akros, Torre Independencia, entre otros). El 30% restante estarán dedicados a oficinas y comercio. Estas cifras son un tanto obvias. En el centro se encuentran la mayoría de las universidades de la ciudad, además de las más importantes. Es, entonces, oferta satisfaciendo la demanda. Se apela a la necesidad de estudiantes y profesores por comodidad y cercanía (intensificada por la dificultad de transportarse en Bogotá). No solo se deben tener en cuenta a las universidades, sino a muchos empleados que van a sus oficinas en diferentes centros empresariales.

Como se dijo antes, esto es un desarrollo económico, toda vez que va a atraer nuevos habitantes al centro, quienes se esperaría que consigan sus bienes necesarios y deseados en la zona misma, moviendo así su mercado. El centro de por sí ya es una locación en que el comercio se mueve fuertemente, como en San Victorino, San Andresito o Paloquemao. Sin embargo, esta renovación del centro está trayendo firmas de gran renombre a una zona que es comúnmente rechazada por la ausencia de estas (y muchas razones más). En la sección comercial del proyecto BD Bacatá, se instaurarán tiendas como Carulla, Beer, Crepes & Waffles, entre otros. De igual forma, en las residencias estudiantiles City U, se establecieron Starbucks, Juan Valdez, BBC, Bufalo Wings y Montaditos. Este no es solo una nueva oportunidad de mercado para estas empresas reconocidas, sino para nuevos emprendedores. Alrededor de las universidades es donde más se ve este fenómeno, en el que cada vez se ven nuevos restaurantes con nuevas ofertas.

Todas estas obras, proyectos y nuevas inversiones sociales, culturales y económicas, le cambian la cara al centro de la ciudad. No obstante, es claro que no se debe quedar así: quedan aún muchos asuntos estructurales detrás que necesitan solución. Las localidades del centro de la ciudad son de las más peligrosas. Los índices de inseguridad son los más altos de Bogotá y la suciedad es constante. Así que, con el fin de lograr un mejor centro de Bogotá, el avance de infraestructura es clave, e incluso es una herramienta más. Pero también debe ponerse mucha atención a otros problemas cruciales, de tal forma que las cifras de turismo sigan ascendiendo, para que la gente visite la zona por gusto y no por obligación y para que este sea el centro digno de una ciudad como Bogotá.

 

Por: Mateo Rivera Osorio

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